Mamá, detrás del uniforme
Cuando el sol aún no da señales de asomarse,
miles de hombres y mujeres de la Policía Nacional ya portan sus uniformes para
salir a mantener el orden y salvaguardar la vida de los millones de bogotanos,
que agobiados, ya van tarde para sus lugares de trabajo.
Para nadie es un secreto, que ser Policía no es
una labor sencilla, y aún más para una madre que antes de salir a salvar el
mundo de los ladrones, disturbios y manifestaciones, debe mantener el orden en
su propio hogar .
Sacrificando más de 12 horas diarias, ya siendo
22 años de labor, nunca deja sus obligaciones de madre atrás. Su hija menor
tiene 10 años, y desde la madrugada le
organiza el uniforme, la levanta, baña y deja perfectamente arreglada para que
cumpla a cabalidad con sus labores estudiantiles.
Ninguna situación la derriba, hablando en
términos de su trabajo, excepto la cruel muerte de una de sus mejores amigas, a
manos de un ex-novio celoso. La tarde era oscura, no faltaba mucho para que el
día llegará a su fin, cuando unas voces angustiadas gritaban en el tercer piso
de la Dirección General de la Policía: “Manuel baje esa arma, no vaya a cometer
una locura”. Esas fueron las últimas palabras de “Martica” antes de que su novio
la asesinara a tiros en ese distinguido lugar.
Para la década de los 90’s pertenecer a la
institución era un honor para las personas, pero aun más para las familias.
María Paola González, dejó su comodidad y a sus seres queridos en Cúcuta para
arribar a la Escuela de Policía Gonzalo Jiménez de Quesada en Sibaté. El frío
Sibaté.
Cambiar los cálidos 35 grados de la capital
norte santandereana, por los dramáticos 8 grados de Sibaté, se convirtieron en
un problema mayor cuando sonaban las trompetas que señalaban las 3 de la mañana
y evidenciaban que era hora de trotar.
No muy alta, rubia y de unos ojos tan azules
que parecen negar su descendencia colombiana, enamoró a más de uno. Carlos
González fue el hombre que logró persuadirla y hacerla su esposa durante 10
años. “María siempre ha sido muy bonita, pero siempre fue muy brava” dice
Carlos, recordando a su ex-esposa. Tal vez fue ese carácter fuerte que emerge de la mujer santandereana lo que acabó
con esa relación.
Son muchas cosas las que se atravesaron en el
camino de esa pareja, una que se conoció en deber de la función policial, y se
fortaleció con las pruebas de esa profesión. Ambos trasladados para Santander,
iban en la trayectoria Bucaramanga-Floridablanca en una camioneta uniformada.
Un carro velozmente intentó adelantar, el copilo sacó su cabeza y al instante un arma. Las
balas acabaron con la vida del conductor y un escolta que iba en la parte de
atrás, todo esto mientras la camioneta perdía el control y buscaba el suelo de
un abismo. Los únicos sobrevivientes fueron María y Carlos.
No mucho tiempo después, tuvo que retirarse de
la institución, pues ese amor le dejó una hija. Sola y en un lugar desconocido
debía velar ahora por la seguridad de su pequeña. Entonces, desde Cúcuta hasta Bogotá, en un
viaje de 20 horas en bus, Rita Mariño, la madre de María Paola, llegó a cuidar de sus dos pequeñas. Y luego, no
mucho tiempo después, acompañada de su
ángel de la guarda pudo vincularse
nuevamente a las filas de la Policía.
Cuando todo parecía estar estable, y ya María
tenía un nuevo amor y una nueva hija, la vida injusta y cruel dejó en una cama
a Rita, su madre. Un cáncer silencioso acababa con esa mamá amorosa, de ocho
hijos, que con los dientes y las uñas, como se dice coloquialmente, los sacó
adelante.
Ese es el golpe que aún intenta tirarla a la
lona, que la hace temblar y llorar en silencio, y la deja en un limbo del cual
muchas veces parece no volver. Tener una buena madre, le enseñó a ser una buena madre.
Muchas veces escondida debajo un uniforme negro
de antimotines, debe salir a la calle a encontrar el orden, que alguien decidió
perder. Escalofriantemente en su cabeza, cubierta por un casco, solo se ven
unas letras rojas que dicen “A+” por si
en algún momento hieren su humanidad y debe ser atendida de urgencia.
La calle desalmada y hostil interpone
situaciones difíciles cada día, pero María no sucumbe ante esa presión.
Orgullosa sigue perteneciendo a su amada institución, eso sí, siempre será una
gran mamá, detrás de su uniforme.
***
No es normal que mi mamá y yo nos sentemos a conversar de "cosas de la vida", su trabajo siempre ha llenado su tiempo y son pocas las veces que esto sucede. Cuando supe que debíamos realizar una crónica familiar, fue en ella en la primera persona en quien pensé. La invité a su panadería favorita y comenté sobre mi trabajo. Entendí que muchas cosas de las conversadas eran sensibles, pero trate de hacer la conversación amena para que estuviese tranquila. Es una persona muy reservada, y trata de no vincular su familia con su trabajo. Con seguridad me contó cosas que a veces prefiere olvidar.
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No es normal que mi mamá y yo nos sentemos a conversar de "cosas de la vida", su trabajo siempre ha llenado su tiempo y son pocas las veces que esto sucede. Cuando supe que debíamos realizar una crónica familiar, fue en ella en la primera persona en quien pensé. La invité a su panadería favorita y comenté sobre mi trabajo. Entendí que muchas cosas de las conversadas eran sensibles, pero trate de hacer la conversación amena para que estuviese tranquila. Es una persona muy reservada, y trata de no vincular su familia con su trabajo. Con seguridad me contó cosas que a veces prefiere olvidar.
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