domingo, 22 de mayo de 2016

Mamá, detrás del uniforme

Mamá, detrás del uniforme

Cuando el sol aún no da señales de asomarse, miles de hombres y mujeres de la Policía Nacional ya portan sus uniformes para salir a mantener el orden y salvaguardar la vida de los millones de bogotanos, que agobiados, ya van tarde para sus lugares de trabajo.

Para nadie es un secreto, que ser Policía no es una labor sencilla, y aún más para una madre que antes de salir a salvar el mundo de los ladrones, disturbios y manifestaciones, debe mantener el orden en su propio hogar .

Sacrificando más de 12 horas diarias, ya siendo 22 años de labor, nunca deja sus obligaciones de madre atrás. Su hija menor tiene 10 años, y desde la madrugada  le organiza el uniforme, la levanta, baña y deja perfectamente arreglada para que cumpla a cabalidad con sus labores estudiantiles.

Ninguna situación la derriba, hablando en términos de su trabajo, excepto la cruel muerte de una de sus mejores amigas, a manos de un ex-novio celoso. La tarde era oscura, no faltaba mucho para que el día llegará a su fin, cuando unas voces angustiadas gritaban en el tercer piso de la Dirección General de la Policía: “Manuel baje esa arma, no vaya a cometer una locura”. Esas fueron las últimas palabras de “Martica” antes de que su novio la asesinara a tiros en ese distinguido lugar.

Para la década de los 90’s pertenecer a la institución era un honor para las personas, pero aun más para las familias. María Paola González, dejó su comodidad y a sus seres queridos en Cúcuta para arribar a la Escuela de Policía Gonzalo Jiménez de Quesada en Sibaté. El frío Sibaté.

Cambiar los cálidos 35 grados de la capital norte santandereana, por los dramáticos 8 grados de Sibaté, se convirtieron en un problema mayor cuando sonaban las trompetas que señalaban las 3 de la mañana y evidenciaban que era hora de trotar.

No muy alta, rubia y de unos ojos tan azules que parecen negar su descendencia colombiana, enamoró a más de uno. Carlos González fue el hombre que logró persuadirla y hacerla su esposa durante 10 años. “María siempre ha sido muy bonita, pero siempre fue muy brava” dice Carlos, recordando a su ex-esposa. Tal vez fue ese carácter fuerte que  emerge de la mujer santandereana lo que acabó con esa relación.



Son muchas cosas las que se atravesaron en el camino de esa pareja, una que se conoció en deber de la función policial, y se fortaleció con las pruebas de esa profesión. Ambos trasladados para Santander, iban en la trayectoria Bucaramanga-Floridablanca en una camioneta uniformada. Un carro velozmente intentó adelantar, el copilo  sacó su cabeza y al instante un arma. Las balas acabaron con la vida del conductor y un escolta que iba en la parte de atrás, todo esto mientras la camioneta perdía el control y buscaba el suelo de un abismo. Los únicos sobrevivientes fueron María y Carlos.

No mucho tiempo después, tuvo que retirarse de la institución, pues ese amor le dejó una hija. Sola y en un lugar desconocido debía velar ahora por la seguridad de su pequeña.  Entonces, desde Cúcuta hasta Bogotá, en un viaje de 20 horas en bus, Rita Mariño, la madre de María Paola, llegó  a cuidar de sus dos pequeñas. Y luego, no mucho tiempo después,  acompañada de su ángel de la guarda  pudo vincularse nuevamente a las filas de la Policía.

Cuando todo parecía estar estable, y ya María tenía un nuevo amor y una nueva hija, la vida injusta y cruel dejó en una cama a Rita, su madre. Un cáncer silencioso acababa con esa mamá amorosa, de ocho hijos, que con los dientes y las uñas, como se dice coloquialmente, los sacó adelante.

Ese es el golpe que aún intenta tirarla a la lona, que la hace temblar y llorar en silencio, y la deja en un limbo del cual muchas veces parece no volver. Tener una buena madre,  le enseñó a ser una buena madre.

Muchas veces escondida debajo un uniforme negro de antimotines, debe salir a la calle a encontrar el orden, que alguien decidió perder. Escalofriantemente en su cabeza, cubierta por un casco, solo se ven unas letras rojas que dicen “A+”  por si en algún momento hieren su humanidad y debe ser atendida de urgencia.


La calle desalmada y hostil interpone situaciones difíciles cada día, pero María no sucumbe ante esa presión. Orgullosa sigue perteneciendo a su amada institución, eso sí, siempre será una gran mamá, detrás de su uniforme.

***
No es normal que mi mamá y yo nos sentemos a conversar de "cosas de la vida", su trabajo siempre ha llenado su tiempo y son pocas las veces que esto sucede. Cuando supe que debíamos realizar una crónica familiar, fue en ella en la primera persona en quien pensé. La invité a su panadería favorita y comenté sobre mi trabajo. Entendí que muchas cosas de las conversadas eran sensibles, pero trate de hacer la conversación amena para que estuviese tranquila. Es una persona muy reservada, y trata de no vincular su familia con su trabajo. Con seguridad me contó cosas que a veces prefiere olvidar.

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