Maldita puntualidad
Entre las innumerables virtudes otorgadas por Dios, a los
seres humanos, se le olvidó concederle a los colombianos una muy importante, el
don de la puntualidad. Aunque habremos de intentarlo, con el fracaso a cuestas,
nunca podremos llegar a una relación amigable con el reloj.
Perdidos entre las muchas cosas que olvidamos hacer, no
encontramos nada y mucho menos tiempo. Probablemente, hay que seguir con las
ancestrales tradiciones de: Lo bueno se hace esperar. Tal vez, sin eso perderíamos
nuestra riquísima tradición de hacernos “desear”.
Y
cuando ser puntual parece una idea totalmente improbable, parece que un rayo de
luz ilumina nuestro camino, seres extraterrestres liberan las vías de cualquier
vehículo, y todos los obstáculos tricolor se ponen en un añorado verde . Es
entonces cuando llegar temprano se convierte en una realidad.
Lastimosamente,
del afán solo queda la rabia. Aunque la imposible Bogotá nos sonría, y lleguemos
puntualmente a nuestro compromiso, hay una triste desventaja; ningún colombiano
es puntal, y estamos a tiempo en ese lugar, por milagro divino. El estrés del
afán queda atrás, y la rabia de esperar, llega.
Sin
embargo, ya está catalogada como una patología que puede llegar a ser
gravemente seria. Pero también, el síndrome de la demora crónica, puede verse
como una excusa. Y los colombianos somos buenos, que digo buenos, excelentes
para inventar excusas.
Aunque
la vida de los bogotanos parezca irrisoria y difícil de entender, lo más
curioso es que todos padecen la misma enfermedad: “Imputualitis”.
En
una salida de campo tuve la oportunidad de vivir una mezcla confusa de ambas
situaciones. Desde la cúspide más alta de Bogotá, se podía observar la
magnificencia de una ciudad que parecía no tener fin. Luego de una hora de
espera, olvidé el asombroso paisaje para concentrarme en la vía, con el fuerte
propósito de encontrar una cara conocida.
Cuando
por fin ocurrió el tan anhelado encuentro descubrí que ese no era el lugar de
destino. El reloj marcaba las tres, y mi estómago con ansias de almuerzo, lo
sabía. Al llegar definitivamente al sitio
que saciaría mi hambre, tendría que esperar más. Un momento casi
infinito tardó la comida. Una variedad de papa, plátano, chicharrón, carne y morcilla,
formaban una montaña grasosa de tradición colombiana, que no duraría más de
cinco minutos en la mesa.
Cuando
el sol estaba a punto de entregarse al atardecer, se compraron unas variedades
alcohólicas para dejar aflorar la esencia de cada persona, y es día, la
borrachera fue la única que no se hizo esperar.
***
No soy la persona más puntual. Aunque trato de ser organizada con mi tiempo, nunca me salen las cosas como espero, eso si, el día en que logro ganarle la batalla al reloj, soy yo la que termina esperando. Eso pasó el día de la visita a la calera, una espera de casi dos horas, pero entendí la situación, los colombianos no estamos hechos para llegar temprano.
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