domingo, 22 de mayo de 2016

Maldita puntualidad

Maldita puntualidad

Entre las innumerables virtudes otorgadas por Dios, a los seres humanos, se le olvidó concederle a los colombianos una muy importante, el don de la puntualidad. Aunque habremos de intentarlo, con el fracaso a cuestas, nunca podremos llegar a una relación amigable con el reloj.
Perdidos entre las muchas cosas que olvidamos hacer, no encontramos nada y mucho menos tiempo. Probablemente, hay que seguir con las ancestrales tradiciones de: Lo bueno se hace esperar. Tal vez, sin eso perderíamos nuestra riquísima tradición de hacernos “desear”.
Y cuando ser puntual parece una idea totalmente improbable, parece que un rayo de luz ilumina nuestro camino, seres extraterrestres liberan las vías de cualquier vehículo, y todos los obstáculos tricolor se ponen en un añorado verde . Es entonces cuando llegar temprano se convierte en una realidad.
Lastimosamente, del afán solo queda la rabia. Aunque la imposible Bogotá nos sonría, y lleguemos puntualmente a nuestro compromiso, hay una triste desventaja; ningún colombiano es puntal, y estamos a tiempo en ese lugar, por milagro divino. El estrés del afán queda atrás, y la rabia de esperar, llega.
Sin embargo, ya está catalogada como una patología que puede llegar a ser gravemente seria. Pero también, el síndrome de la demora crónica, puede verse como una excusa. Y los colombianos somos buenos, que digo buenos, excelentes para inventar excusas.
Aunque la vida de los bogotanos parezca irrisoria y difícil de entender, lo más curioso es que todos padecen la misma enfermedad: “Imputualitis”.
En una salida de campo tuve la oportunidad de vivir una mezcla confusa de ambas situaciones. Desde la cúspide más alta de Bogotá, se podía observar la magnificencia de una ciudad que parecía no tener fin. Luego de una hora de espera, olvidé el asombroso paisaje para concentrarme en la vía, con el fuerte propósito de encontrar una cara conocida.
Cuando por fin ocurrió el tan anhelado encuentro descubrí que ese no era el lugar de destino. El reloj marcaba las tres, y mi estómago con ansias de almuerzo, lo sabía. Al llegar definitivamente al sitio  que saciaría mi hambre, tendría que esperar más. Un momento casi infinito tardó la comida. Una variedad de papa, plátano, chicharrón, carne y morcilla, formaban una montaña grasosa de tradición colombiana, que no duraría más de cinco minutos en la mesa.   

Cuando el sol estaba a punto de entregarse al atardecer, se compraron unas variedades alcohólicas para dejar aflorar la esencia de cada persona, y es día, la borrachera fue la única que no se hizo esperar.

***
No soy la persona más puntual. Aunque trato de ser organizada con mi tiempo, nunca me salen las cosas como espero, eso si, el día en que logro ganarle la batalla al reloj, soy yo la que termina esperando. Eso pasó el día de la visita a la calera, una espera de casi dos horas, pero entendí la situación, los colombianos no estamos hechos para llegar temprano.  

De paso por la colmena

De paso por la colmena

El repentino crecimiento de los centros de contacto ha demostrado un notable avance en la industria de las telecomunicaciones. Pero, ¿Cómo vive la persona que está detrás del teléfono? ¿Qué tan amables son los clientes con los que deben interactuar? Tengo las respuestas: estresada, y poco amables.
Es un proceso tedioso, donde la memoria juega un factor fundamental, para llegar a ser un “gran vendedor”. Aparte de un carné, un título bonito y elegante me es otorgado: “Agente”, de qué, no sé, pero intentaré ser uno bueno.
El día inicia temprano y todos en la colmena deben trabajar estructuradamente, para que así, la abeja reina consiga la meta del día.  Cada uno en un diminuto cubículo se pone sus auriculares, mueve el cuello de lado a lado y se dispone a trabajar.
El nivel de estrés sube con el tiempo, el ruido apabullante se hace dueño del lugar. Un cuadrado grande y rojo se mueve intermitentemente con la palara “Call”. Luego de presionar ese botón, no hay vuelta atrás.
El sistema rotativo de llamadas no se detiene, apenas se desconecta con un cliente, el otro ya está en línea. El enojo no se hace esperar, parece que nadie desea adquirir el maravilloso producto que yo les estoy ofreciendo.
Ofrezco enérgicamente un seguro de desempleo de Colpatria, uno que no tiene muchos atributos, pero debo encontrárselos. Cada vez que un “no” se asomaba por la bocina, respondía velozmente con otro atributo que tal vez le llame la atención, y pueda hacer mi primera venta. 
Concentrada y sin  perder la esperanza de que mis atributos en ventas convencieran a alguien, lo intente una y otra vez. De repente una voz no muy lejos de mi cubículo grito: “Validación”, y de inmediato todos aplaudieron. Me quede inmóvil mientras eufóricamente celebraban. Luego de unos instantes, entendí que ese momento representaba el apoyo de todos los empleados cuando uno de ellos realizaba una venta.
Una señora de Medellín me contesto amablemente, escuchó por completo mi discurso sobre las bondades de ese seguro y preguntaba con interés. Al final de nuestra amena conversación le pregunté que si deseaba adquirirlo y su respuesta fue: “No mi niña, eres muy amable, pero ya tengo otros cinco seguros más”. Atónita por su respuesta le agradecí por el tiempo y colgué. No pasaron 2 segundos y otra voz ya me estaba hablando.



Llegó la hora del almuerzo, tristemente puse pausa a la operación y salí cabizbaja. Mientras detenidamente observada la comida en mi plato, me preguntaba qué estaba haciendo mal, tal vez era mi acento santandereano que parecía un poco rudo, o la “sonrisa telefónica” que no tenía. 
En mi día de preparación, reiteradamente me enseñaron a no tutear,  a ser amable con el cliente y a contestar con un “manual de objeciones” para que ninguna persona me dijera que no. Al estar ya en la práctica, me di cuenta de la astucia de cada comprador y de mis pocas habilidades de persuasión.
No podía pasar el día sin hacer una venta, tenía que demostrarme que sí era capaz de vender. La motivación me duró poco. Una nueva llamada llegó a mí, está vez no termine de decir mi elaborado saludo, cuando la voz al otro lado del teléfono me respondió: “A mí no me joda, estoy mamada de su llamadera, yo pago el lunes”. Era la primera vez que tenía contacto con ella, yo no llamaba a cobrarle y mucho menos a molestarla, pero me gané el regaño.
No fue la única persona que malhumorada habló conmigo, alrededor de 13 personas me gritaron, insultaron y jugaron cancelar sus tarjetas del banco. Pasivamente, trataba de explicarles el motivo de mi llamada, pero estaban poco interesados en escuchar lo que tenía por decir.     
No veía la hora de que el día terminara. Las reiterativas respuestas negativas me hacían entender la difícil labor de aquellos que trabajan en el Call Center. De un momento a otro, el supervisor gritó: “Pausa activa” y todos nos dispusimos a seguir una serie de ejércitos para mitigar el estrés y sobrevivir a las horas restantes.
Ahora si entiendo porque se producen mayores bajas en un Call Center por decisión del empleado que del empleador. Los agentes además de la desmotivación que por momentos se genera dentro de un centro de contacto, se sienten desvalorizados. Así tal cual me sentía yo, y eso que llevaba menos de un día.
Afortunadamente no me rendí. Me costó, pero esos 20 minutos persuadiendo a un cliente tuvieron un final feliz.  Derrumbado uno a uno sus argumentos, me dio el tan anhelado “acepto”. Con todas mis fuerzas grite: “validación”,  y cada uno de mis compañeros aplaudió fuertemente.
Una labor para aplaudir. Jamás pasó por mi cabeza estar todo el día en un Call Center, nunca fue un trabajo que quisiera realizar, pero para describir la experiencia hay que vivirla. Lo más triste de la historia es que ni un peso me gané, y ahora ni de riesgo volveré a pasar por la colmena.

***
Una experiencia difícil. Estar en ese lugar ruidoso me enseñó a no perder la cabeza con tanta facilidad. Ese día, el estrés fue el protagonista, y cuando el reloj marcó las 5:00 PM, estuve a punto de salir corriendo del lugar, con pocas ganas de volver.   


Perdida en un cuerpo de hombre

Perdida en un cuerpo de hombre

Para nadie es un secreto que la homosexualidad es el peor pecado que puede cometer una personas en esta sociedad que aún no entiende de libertades, pero es más pecado aún cuando la persona desea cambiar totalmente su apariencia y más específicamente su género.

Michel Alexandro Valencia nació como un niño común y corriente. Sus padres lo vestían con pantalones anchos, camisetas y tenis, pero nunca pudo entender, el porqué de esa vestimenta, que no le hacía resaltar su figura. En su cabeza rondaban mil preguntas, sentía que había algo raro en su interior, pero eso no significaba que estuviese mal.

Como todo niño normal salía a su natal cuadra cucuteña a jugar con sus amigos, y cuando de fútbol se trataba, prefería sentarse en el andén a mirarlos jugar. No le gustaba este deporte  y ningún otro que representara masculinidad.

Sonia Carrillo, la mamá de Michel siempre vio en su pequeño niño, aires de mujer, pero el miedo de aceptarlo la desvelaba por las noches, y la hacia llorar en las madrugadas. Tradicionalmente en Halloween lo disfrazaba de payaso o Pato Donald, pero él quería ser una princesa, la cual tuviese un gran vestido, unos relucientes tacones, y un príncipe encantador.

Era una persona diferente, siempre lo supo, y aunque el yugo familiar y la presión de la sociedad la empujaban a ser un hombre, no la obligaban a sentirse como uno. A los 16 años, abrió sus alas y emigró de su hogar. Sus anchos hombros no podían soportar más el peso de verse como un hombre.

Michel se decidió y compró un labial, el primer símbolo femenino que llegó a su vida. La primera muestra de que ya no quería ser más un hombre.  Su pelo oscuro y liso, su cara delicada y ropa, no evidencian que detrás de esa apariencia masculina se escondiese una mujer.

Viajó a Bogotá, viéndola como la capital de las puertas abiertas, pero fue recibida con desprecio, odio y hasta envidia. Duro 2 meses en busca de donde vivir, pasando los días en piezas en el centro de la ciudad. Nadie le dijo a Michel que sería fácil, pero tampoco.

El tan anhelado cambio ocurrió poco a poco, pestaña a pestaña, cabello a cabello. Cada mañana su rostro evidenciaba residuos de maquillaje, y la necesidad de que ese hecho la hiciera ver diferente frente al espejo, creció cada día más. Regaló cada pantalón, cada camisa, cada detalle que guardara un mínimo residuo de hombría. Hasta que un día en su armario no quedó nada. Solo unos ganchos vacíos y gavetas que esperaban ser surtidas con  prendas de mujer.
La exageración no forma parte de agitada vida, porque quiere romper con el prototipo de travesti que se maquilla descontroladamente, utiliza minifaldas y tacones colosales. El creerse una mujer, la ha convertido en una ante su espejo. Y eso es lo que quiere que la gente vea, un hermosa mujer como cualquier otra, bonita y feliz.

Pero nadie olvida el pecado mortal que está cometiendo, porque aun en pleno siglo XXI la intolerancia se adueña de las opiniones colectivas. La gente muchas veces la mira de arriba abajo, y no falta el que pasa y le grita “Maricón”. Ese pecado mortal que es condenado por los ojos morbosos de quienes la juzgan a alguien por el simple hecho de querer ser diferente. Se llena de dolor, se llena de ira, y por último levanta la cabeza y le demuestra al mundo que es una orgullosa mujer.

Nelson Valencia de tendencias conservadoras, no podía perdonarle a su hijo querer ser una suave mujer. Pero las lecciones para ese padre estaban por venir. Tenia 2 hijos varones y una mujer. Michel ya no quería ser hombre,  y al poco tiempo se enteró de que su hijo mayor tampoco quería serlo. Ahora Nelson tenía 3 hijas y si no quería perder a la mitad de su familia, debía tratarlas como tal.

Los sueños no dan espera y luego de que al levantarse en las mañanas ya no se apareciera más ese Michel masculino, decidió trabajar. Ella quería ser presentadora.  Fue así como uno de los proyectos del Distrito que ayuda a la comunidad LGBTI  a encontrar un trabajo digno, le abrió las puertas a Michel. Hoy es la primera presentadora transgenerista en Colombia.

Tacones, no muy altos, y constantes ensayos marcan esos pasos que quiere dar con grandeza. Su cuerpo reluce cuatro tatuajes que simbolizan su belleza interior, esa feminidad que quiere transmitirle al mundo. Una mariposa en la pantorrilla derecha, un signo de belleza hindú en su espalda, su nombre en el abdomen en forma de sello japonés y un rebelde caballito de mar en su nuca. Esa tinta  llena su cuerpo, como queriendo volver más delicada su esencia.

Canal Capital fue el primer espacio que le abrió las puertas para demostrar su talento.  Ante la oposición de muchos, se ganó su puesto en el canal y realizó diversos trabajos ligados a la presentación y al modelaje, con el apoyo del anterior alcalde Gustavo Petro.

Cada vez que viaja a Cúcuta la ven como Michelito, pero ya no sufre en silencio. Ella es una mujer. Y la relación son su padre cambió del cielo a la tierra. Aquél padre que se sentía deshonrado, hoy orgulloso compra las revistas donde Michel sale en la portada, y les muestra a sus amigos la belleza de su hija.


Tiene aspecto de mujer, a los ojos de cualquiera, pero orgullosa y anatómicamente conserva sus partes masculinas. Ella siente que no necesita tener una operación de sexo para sentirse una mujer. Con el respeto que tiene la cirugía de cambio de sexo y las mujeres que se operan, Michel siente que puede hacer muchas cosas, pero para ella el sentirse y verse mujer no tiene nada que ver con lo que tiene en medio de sus piernas.

***
Hace cuánto tiempo vivimos en el mismo conjunto, no lo sé. Siempre había rescatado la elegancia de Michel, pero no compartía algunas actitudes. Fue su hermana, Johan, quien hizo posible el encuentro. Fue algo rápido en su apartamento, un tanto seria y no me permitió tomarle fotos, su excusa fue el no estar bien arreglada. No es fácil para Michel muchas de las situaciones que se le presentan. Su hermana me confirma que tiene un carácter muy fuerte  y apenas termino el cuestionario, le agradezco y salgo del apartamento.   

Mamá, detrás del uniforme

Mamá, detrás del uniforme

Cuando el sol aún no da señales de asomarse, miles de hombres y mujeres de la Policía Nacional ya portan sus uniformes para salir a mantener el orden y salvaguardar la vida de los millones de bogotanos, que agobiados, ya van tarde para sus lugares de trabajo.

Para nadie es un secreto, que ser Policía no es una labor sencilla, y aún más para una madre que antes de salir a salvar el mundo de los ladrones, disturbios y manifestaciones, debe mantener el orden en su propio hogar .

Sacrificando más de 12 horas diarias, ya siendo 22 años de labor, nunca deja sus obligaciones de madre atrás. Su hija menor tiene 10 años, y desde la madrugada  le organiza el uniforme, la levanta, baña y deja perfectamente arreglada para que cumpla a cabalidad con sus labores estudiantiles.

Ninguna situación la derriba, hablando en términos de su trabajo, excepto la cruel muerte de una de sus mejores amigas, a manos de un ex-novio celoso. La tarde era oscura, no faltaba mucho para que el día llegará a su fin, cuando unas voces angustiadas gritaban en el tercer piso de la Dirección General de la Policía: “Manuel baje esa arma, no vaya a cometer una locura”. Esas fueron las últimas palabras de “Martica” antes de que su novio la asesinara a tiros en ese distinguido lugar.

Para la década de los 90’s pertenecer a la institución era un honor para las personas, pero aun más para las familias. María Paola González, dejó su comodidad y a sus seres queridos en Cúcuta para arribar a la Escuela de Policía Gonzalo Jiménez de Quesada en Sibaté. El frío Sibaté.

Cambiar los cálidos 35 grados de la capital norte santandereana, por los dramáticos 8 grados de Sibaté, se convirtieron en un problema mayor cuando sonaban las trompetas que señalaban las 3 de la mañana y evidenciaban que era hora de trotar.

No muy alta, rubia y de unos ojos tan azules que parecen negar su descendencia colombiana, enamoró a más de uno. Carlos González fue el hombre que logró persuadirla y hacerla su esposa durante 10 años. “María siempre ha sido muy bonita, pero siempre fue muy brava” dice Carlos, recordando a su ex-esposa. Tal vez fue ese carácter fuerte que  emerge de la mujer santandereana lo que acabó con esa relación.



Son muchas cosas las que se atravesaron en el camino de esa pareja, una que se conoció en deber de la función policial, y se fortaleció con las pruebas de esa profesión. Ambos trasladados para Santander, iban en la trayectoria Bucaramanga-Floridablanca en una camioneta uniformada. Un carro velozmente intentó adelantar, el copilo  sacó su cabeza y al instante un arma. Las balas acabaron con la vida del conductor y un escolta que iba en la parte de atrás, todo esto mientras la camioneta perdía el control y buscaba el suelo de un abismo. Los únicos sobrevivientes fueron María y Carlos.

No mucho tiempo después, tuvo que retirarse de la institución, pues ese amor le dejó una hija. Sola y en un lugar desconocido debía velar ahora por la seguridad de su pequeña.  Entonces, desde Cúcuta hasta Bogotá, en un viaje de 20 horas en bus, Rita Mariño, la madre de María Paola, llegó  a cuidar de sus dos pequeñas. Y luego, no mucho tiempo después,  acompañada de su ángel de la guarda  pudo vincularse nuevamente a las filas de la Policía.

Cuando todo parecía estar estable, y ya María tenía un nuevo amor y una nueva hija, la vida injusta y cruel dejó en una cama a Rita, su madre. Un cáncer silencioso acababa con esa mamá amorosa, de ocho hijos, que con los dientes y las uñas, como se dice coloquialmente, los sacó adelante.

Ese es el golpe que aún intenta tirarla a la lona, que la hace temblar y llorar en silencio, y la deja en un limbo del cual muchas veces parece no volver. Tener una buena madre,  le enseñó a ser una buena madre.

Muchas veces escondida debajo un uniforme negro de antimotines, debe salir a la calle a encontrar el orden, que alguien decidió perder. Escalofriantemente en su cabeza, cubierta por un casco, solo se ven unas letras rojas que dicen “A+”  por si en algún momento hieren su humanidad y debe ser atendida de urgencia.


La calle desalmada y hostil interpone situaciones difíciles cada día, pero María no sucumbe ante esa presión. Orgullosa sigue perteneciendo a su amada institución, eso sí, siempre será una gran mamá, detrás de su uniforme.

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No es normal que mi mamá y yo nos sentemos a conversar de "cosas de la vida", su trabajo siempre ha llenado su tiempo y son pocas las veces que esto sucede. Cuando supe que debíamos realizar una crónica familiar, fue en ella en la primera persona en quien pensé. La invité a su panadería favorita y comenté sobre mi trabajo. Entendí que muchas cosas de las conversadas eran sensibles, pero trate de hacer la conversación amena para que estuviese tranquila. Es una persona muy reservada, y trata de no vincular su familia con su trabajo. Con seguridad me contó cosas que a veces prefiere olvidar.

Tonalá; la fiesta en forma de cine

Tonalá; la fiesta en forma de cine

En una Bogotá colosal, distintos y diminutos centros de entretenimiento buscan abrirse paso para atraer la atención de aquellos curiosos ciudadanos, que buscan  algo, medianamente entretenido, para mitigar el frío y confundir la rutina.  
Una tal Merced, resguarda en sus calles un espacio que intenta sacar a los capitalinos de su ambiente común, que los estresa y abruma. Una idea oriunda de México, propone integrar la fiesta, música y baile en un solo lugar. Sin mencionar el plus adicional que suguiere; el cine. Es así como llegó, para quedarse, Cine Tonalá. Un espacio que busca convertirse en el epicentro que reúne diversas manifestaciones artísticas. Aquel independiente lugar, trae a sus acogedoras salas más de quince películas al mes, cientos de fiestas temáticas, mucho teatro experimental, y hasta decenas de talleres de cine y música.   
Al llegar al lugar, una luminosa valla dice en letras enormes " Cine Tonalá" y debajo del mismo, expone el nombre de su fiesta temática más bizarra. Su entrada angosta  es custodiada por un hombre alto, moreno y acuerpado que dice en voz gruesa: Bienvenidos a Cine Tonalá. 
Extensa se torna una fila de usuarios, y no precisamente de Transmilenio, es la taquilla de Tonalá que está a punto de cerrar boletería. La delicada risa de una joven, suena más fuerte que la banda sonora de "the Revenant" que ambienta el lugar. Las mesas están invadidas por botellas de Heineken, y uno que otro plato vacío que evidencia residuos de comida internacional. 
Intentando recuperar una vieja costumbre de barrio, al transmitir películas en una casa antigua, Cine Tonalá intenta darle difusión al cine colombiano y sobre todo al poco valorado cine sudamericano, que no tiene un lugar seguro en los grandes conglomerados fílmicos. 
Una extensa barra de licores  propone a un ágil camarero realizar una gran variedad de cocteles elaborados, con distintas frutas y colores, tequila mexicano, aguardiente colombiano y cervezas. Claro está, que para los más recatados también hay café.
Como a unos 25 grados de temperatura se encuentra el lugar. De no creer el calor, pero son unas enormes lámparas de gas las que emanan y explican el clima infernal que parece imposible en la fría capital.  
Casi como mandato divino se debe hacer la reserva previa de la boletaría, porque si se llega al lugar, hay una gran probabilidad de que no encuentre ni una silla libre. Un tanto desarreglada, y mal humorada, se encuentra la encargada del espacio de taquilla, luego de estrellarse con una tribu ansiosa por reencontrarse con el renacido.  
Es su primera vez en el  lugar y Julián García no deja sus ojos quietos en ningún rincón de Tonalá. Entusiasmado repite una y otra vez: "pequeño, pero bonito". Todo es mágico en este mundo diminuto, es curioso y llamativo. Claro está, lo más llamativo del lugar son sus cuadros desmesurados que cuelgan en la pared con las carátulas de las películas del momento.  
La boleta incluye lo mejor de la producción independiente a nivel nacional e internacional, haciendo énfasis en el Cine Latinoamericano. Si por el contrario el cliente tiene un gusto más diverso y extremo, podrá atravesar el túnel para adentrarse en la Sala Kubrick, donde podrá ver un cine más bizarro, que se desentiende de la narrativa tradicional. 
Antes de abandonar el lugar, quien acuda a Tonalá debe probar alguno de los exquisitos platos internacionales, centrados en la picante gastronomía mexicana, una combinación de algún postre nacional y un trago que haga ameno el rato con los amigos. 

Independiente y alternativo, se muestra Cine Tonalá. Lugar que le abre sus grandes puertas a visitantes con expectativas diferentes. Mejor, que abre su estrecha entrada custodiada por un gigante.  

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La noche era fría, pero el lugar era cálido. La compañía hizo más amena mi visita y los exquisitos aromas de comida internacional me empujaban a degustar al menos uno de los excéntricos platos que habían en el menú. Un lugar diferente, que invita a los bogotanos a salir de la rutina y de los típicos espacios que ofrece la ciudad.